Crónica de Brownsea


Os dejamos una crónica sobre el viaje de los escultas a Brownsea:

 

                                              Una aventura scout

Eran las 12 de la noche en el aeropuerto. La llegada estaba muy cerca, pero nuestras mentes seguían viendo los parajes de Brownsea y paseando por Londres, recordando cada instante del viaje que habíamos vivido. El sueño parecía terminar, pero aquella aventura permanecería en nuestra memoria eternamente recordándonos que el esfuerzo siempre obtiene una recompensa.
Todo comenzó el 2 de abril en el aeropuerto de Valencia. Para muchos era el primer vuelo en avión y el nerviosismo era palpable, pero una vez el trayecto comenzó, el estrés se transformó en emoción por llegar al suelo y poder ver Brownsea, lugar donde se instaló el campamento que originó el movimiento Scout. Las dos horas de vuelo se pasaron “volando” y tras una noche en el aeropuerto y un largo viaje en autobús, llegamos por fin a Poole, ciudad en la que cogeríamos el ferry que nos llevaría a la isla de Brownsea. El viaje fue movido, pero mereció la pena por la posterior visita a la isla: un viviente parque natural hermoso tanto por su aspecto como por su significado. Allí pasamos la noche en tiendas de campaña y al día siguiente volvimos a Poole para más tarde coger un autobús que nos llevaría a Londres. El trayecto fue largo, y cuando al fin llegamos al local donde dormiríamos, el cansancio era solo soportable por la ilusión. Así, no tardamos mucho en instalarnos y después irnos a dormir para afrontar lo que nos esperaba los tres días siguientes.
La mítica ciudad era enorme, y cada día había que levantarse muy temprano para poder cumplir con todas las visitas, pero sin duda el cansancio y el esfuerzo merecieron la pena. Paseamos al lado del Támesis, cruzamos el Tower Bridge, “atravesamos” el andén nueve y tres cuartos, entramos en el paraíso de Hamleys, nos hicimos una foto con Sherlock, vimos ardillas en Hyde Park e incluso entramos gratis en la abadía de Westminster (ser Scout abre puertas).
Finalmente, el domingo día 8 volvimos a casa exhaustos por el viaje, pero con una sensación de inmensa alegría que pocas veces se puede experimentar. Y es que como decía Baden Powell: “La felicidad no se consigue sentándose a esperarla”.

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